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En su célebre alocución de 1882, Emest Renan definió a la nación como una voluntad colectiva, asentada sobre tres columnas básicas: el pasado, el presente y el futuro; e identificó al primero como la posesión en común de un rico legado de glorias compartidas, articuladas tanto sobre recuerdos como sobre olvidos (Renan 1882).Con ello, el pensador francés no hacía otra cosa que recoger, en síntesis genial, una experiencia ya secular.En efecto, el concepto de "nación" como fuente y titularidad de la soberanía y como una entidad con personalidad propia, que venía acuñándose desde el siglo anterior y fue consolidado por la Revolución Francesa, implicaba la construcción de una "memoria compartida".Memoria que era al propio tiempo el fundamento y medida del común destino al que estaban abocados, en estrecho vínculo, los miembros de esa "comunidad imaginada" que era la nación (Anderson 1983), ya que -como ha dicho Anthony Smith-"en el genio del pasado se realiza el genio de la comunidad, y en su creatividad reside la creatividad de la comunidad" (Smith 1986).Por ello, •esa memoria compartida debía ser necesariamente selectiva, recordando lo recordable y olvidando lo que era apropiado olvidar.l.Este trabajo se integra en el Proyecto de Investigación 91-003, financiado por la Dirección General de Investigación Científica y Técnica (España)Por otra parte, si la búsqueda de los orígenes implicaba un acto de singularización, afirmando el "nosotros" frente a "los otros", ello entrañaba también el reconocimiento implícito de la diversidad.Pero la afirmación de la singularidad en la diversidad tenía una segunda implicación: la voluntad de jerarquización.Y aquí es necesario recordar que, si el pensamiento científico del XVIU había tenido como preocupación prioritaria la clasificación de la diversidad, el' del siglo XIX se caracterizó por la insistencia en vincular esa misma voluntad clasificadora a escalas jerárquicas pretendidamente inapelables, a las que subyacía el interés por resaltar la superioridad propia en contraste con la inferioridad ajena.De tal forma, la detección de los orígenes se hizo a partir de una escala jerarquizada, en cuyos peldaños más altos se situaban los "valores" adscritos al grupo primigenio seleccionado -fueran galos o francos, sajones o normandos, godos o iberos, germanos o romanos-, valores que garantizaban el "alto contenido de civilización" de la propia comunidad.Los que no compartían esas raíces eran inferiores, precisamente porque no compartían la misma capacidad para la civilización.Más aún, en el pasado más remoto se situaban los orígenes de las instituciones libres, por las que podía medirse la proclividad a la libertad atribuible a las respectivas naciones.Unas raíces distintas implicaban el desconocimiento de la libertad y eran, por ende, un signo de inferioridad.
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