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En su mejor obra (El principio de responsabilidad), el Prof. H. Jonas (1995) escribe: «El peligro total del actual momento histórico nos empuja a retroceder desde la cuestión siempre abierta acerca de qué debe ser el hombre… al primer mandamiento que se halla siempre en la base de aquella cuestión, pero que hasta ahora no se había hecho presente, que debe ser, y ser en cuanto hombre» (p.231).En los últimos años, estamos asistiendo a una creciente preocupación por el desarrollo humano (Bruna, 1997), y el desarrollo sostenible (Goodland et al., 1997); a la consolidación de una nueva conciencia moral sobre la conducta del hombre con el mundo natural que le rodea (Gómez-Heras, 1997) y de las consecuencias desastrosas en que puede desembocar el desarrollo imparable de una humanidad impelida por una técnica cada vez más poderosa (H.Jonas, 1995).Los problemas mundiales que el Club de Roma ya advirtiera en el informe Meadows (1972, Los límites del crecimiento) mantienen, todavía, su escandalosa vigencia.Buena prueba de ello es la contradicción existente en el sistema de relaciones entre países desarrollados y subdesarrollados que, bajo la «pudorosa» expresión Norte-Sur, ocultan las profundas desigualdades y la distancia cada vez más lejana en las posibilidades de vida para los hombres y mujeres según sea su lugar de nacimiento.Mientras que los países del Norte (EE.UU., Canadá, Europa, Japón, Australia y Nueva Zelanda), con un 23% de la población mundial, se asegura más del 80% de la producción bruta del planeta, el Sur, por el contrario, con una población del 77% participa tan sólo en el 20% de la rev.esp.ped.LVI, 211, 1998 PEDRO ORTEGA RUIZ Y RAMÓN MÍNGUEZ VALLEJOS producción (PNUD, 1994).La diferencia entre ambos «mundos» es tan profunda que, mientras para el Norte los problemas ambientales representan una cuestión tan sólo de calidad de vida, para el Sur, en cambio, la preocupación fundamental es cómo utilizar los recursos naturales para acelerar el desarrollo y crecimiento económico, con el grave riesgo de agotarlos y contribuir así al proceso de deterioro ambiental iniciado por los países del Norte.La división de ambos «mundos» se hará cada vez más profunda y acelerada si el Sur mantiene sus actuales niveles de subdesarrollo científico y tecnológico (Bifani, 1995) y el Norte busca en la ayuda al Sur su propio crecimiento económico (Schneider, 1995).De otra parte, cada vez son más las voces que denuncian las limitaciones inherentes al sistema capitalista, su creciente emancipación de toda normatividad extrínseca al mismo, el culto a la pura racionalidad técnico-científica y nos invitan a resistirnos a la omnipotencia de una tecnología que borra, en sus sueños de grandeza y de control, hasta el último rasgo de humanidad.«Es extraño, desde luego, un siglo que redescubre los límites de la fantasmática racionalista y a veces cae en lo opuesto simétrico de la fantasmagoría de lo irracional sin darse cuenta, sobre la marcha, de que una y otra se atienen a los mismos principios y no son sino dos facetas de un mismo proyecto: el que la abolición del rastro del hombre en un universo saturado de sentido en el que todo está definitivamente en su lugar» (Meirieu, 1998, 95).En este sistema, cualquier normatividad extrínseca al consumo, a la productividad y a la ganancia tiende a desaparecer y las acciones humanas reciben legitimidad desde el «poder hacer» (técnica) y «poder producir» (industria).De ahí a la desaparición de la ética sólo hay un fácil paso (Gómez-Heras, 1997).Problemas como el paro y la aparición de núcleos minoritarios de población con altos niveles de bienestar, frente a una creciente mayoría de población pobre y marginada, no encuentran solución siguiendo las estrictas leyes del mercado.«Permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente en los países más avanzados… Ingentes muche-dumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y moral.El fracaso del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para resolverlos.Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía su rev.esp.ped.LVI, 211, 1998
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