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El universo de la escritura etnográfica ocupado por la transcripción de los relatos biográficos, la elaboración de historias de vida, la edición de autobiografías o el uso de los documentos personales, nos remite a un campo transdisciplinar en el que confluyen las corrientes humanistas de diferentes disciplinas: la historia social, la sociología, la psicología social y la antropología social.Es indudable que existe en las ciencias sociales una especie de ley del péndulo, que se manifiesta en forma de escuelas y tendencias que, en diferentes momentos, suponen el predominio de sensibilidades y enfoques de carácter positivista o humanista.La revitalización de los enfoques humanistas en las ciencias sociales a lo largo de las últimas dos décadas puede ser interpretada como una reacción frente al papel hegemónico de las perspectivas positivistas durante un largo período, que va desde los años 40 a los años 70.La recuperación y gran auge del método biográfico en estos últimos veinte años forma parte de la revalorización del actor social (individual y colectivo), no reducible a la condición de dato o variable (o a la condición de representante arquetípico de un grupo), sino caracterizado como sujeto de configuración compleja y como protagonista de las aproximaciones que desde las ciencias sociales se quiere hacer de la realidad social.Se trata de una ruptura epistemológica que conduce a los científicos sociales hacia aproximaciones a unas fuentes de conocimiento social que llevan aparejada la voluntad de profundizar en lo que las personas y los grupos hacen, piensan y dicen con la finalidad de ensayar interpretaciones de la realidad a partir de la subjetividad individual y grupal, más que a través de sofisticadas y deshumanizadoras reglas metodológicas que, a menudo, instrumentalizan la realidad social para dar salida a una realidad autoconstruida y cientifista. Joan J. PujadasEl método biográfico y los géneros de la memoria Durante décadas se ha tildado al humanismo metodológico de anticientífico, de subjetivista, y se le ha acusado de no ser capaz de encontrar explicaciones para el análisis de realidades complejas, especialmente en una época en que la realidad política y económica y la representación científica de esta realidad ponen un énfasis especial en la globalización y en las conexiones transnacionales y en los procesos de homogeneización cultural.Mientras los poderes mediáticos y mercantiles «globales» consolidan su hegemonía con un discurso universalista y unidireccional (es decir, etnocéntrico) aparece una reacción que se ha llegado a denominar síntoma biográfico, entendido como el interés creciente «por los procesos de la memoria individual, grupal y colectiva», una voluntad de rescatar «las historias particulares (de género, de clase, de país, de linaje) [que] tratan de abrirse paso a través de los discursos canónicos de la historia» (Marinas y Santamaría, 1993:11).HISTORIA ORAL, ETNOGRAFÍA Y MEMORIA «Al hablar de la memoria es casi un tópico aludir al hecho de que una precondición para su pleno ejercicio es el olvido de parte de lo acaecido: se diría que, a diferencia de la memoria característica de los cerebros electrónicos, la memoria voluntaria de los seres humanos, al recordar siempre destruye, siempre tiene que ver con el gesto, consciente o inconsciente, de poner aparte, de organizar.Como decía Nietzsche, «... es absolutamente imposible vivir sin olvidar... el sentido no histórico y el histórico son igualmente necesarios».Pero cuando nos referimos (...) a la memoria histórica del pasado de las mujeres, habrá que adelantar que difícilmente se puede olvidar lo que apenas ha sido recibido o transmitido» (Birulés, 1995: 9).No está de más insistir, aunque pueda parecer un lugar común, en la importancia que los estudios feministas han tenido en las últimas décadas para desvelar el carácter sumamente parcial, sexista, clasista y autoritario de una parte significativa de la producción científico-social a lo largo de la historia.En las últimas décadas, además, han hecho mella en el quehacer académico movimientos sociales que han denunciado el silenciamiento sistemático al que las ciencias sociales han sometido a diferentes «minorías» que, junto a las mujeres, constituyen la inmensa mayoría de la sociedad: obreros, campesinos, indígenas, marginados, homosexuales, víctimas de guerras y holocaustos, jóvenes, ancianos y niños y grupos o movimientos sociales alternativos.Como toda la literatura feminista no nos deja de recordar, la producción intelectual de las ciencias sociales ha servido para caracterizar a las sociedades desde el punto de vista casi exclusivo de los varones adultos, especial-
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