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En un libro complejo y ambicioso A.M. Bernal intenta relacionar el carácter precario de la construcción de España como nación con la existencia del Imperio, entiéndase, a pesar de una tapa ilustrada con dos magníficas obras de Carducho que celebran victorias de la Monarquía en Europa, el Imperio americano.Dicho de otra forma, se trata de construir un modelo global de la evolución histórica que llevó a la creación o no creación del Estado-nación español tal como se dio en los siglos XIX y XX, con especial atención al factor imperial.En temas de nacionalismos, siempre me pareció peligroso adentrarme.Me parecen demasiado cargados de vivencia personal como para enjuiciarlos fríamente, dejando de lado el hecho de que mi condición de extranjero me resta legitimidad a la hora de opinar.Pasaré por alto pues los primeros capítulos de la obra, que son una apasionada y apasionante reflexión sobre los fallos del nacionalismo español.El resto trata de historia social y económica.A pesar de estar siempre presente en ellas el tema nacional, estas páginas se prestan mejor a un examen desapasionado, ya que ponen en un contexto histórico constatable un problema en otros aspectos más político que científico.Fundamentalmente, si le leo bien, lamenta el autor el que, reservando de hecho las Indias a Castilla, la Monarquía haya frenado el surgir de una conciencia común integradora de todas las nacionalidades de la península, tal y como, según una corriente historiográfica ya bien asentada, se produjo con el Imperio inglés y en el holandés; lamenta que al no conseguir la Monarquía reservar la explotación del imperio a sus nacionales, ésta no haya tenido los efectos que de la dominación de tamaño espacio económico se podían esperar para el desarrollo económico de España.Concluye que el fracaso fue fundamentalmente político, fruto de una política de mercantilismo estatal que sacrificó fines a largo plazo y beneficios indirectos en aras de la explotación fiscal de las Indias.Hace hincapié, con toda razón, en que el español fue el único imperio moderno que proporcionó directamente ingresos fiscales netos al Estado del que dependía.Comparto en gran parte un análisis que el autor fundamenta sobre el conocimiento perfecto del tema que todos le reconocen.Ello hace de su libro, dicho sea de paso, una inestimable mina de datos, concretos, actualizados y contextualizados y claramente expuestos sobre la organización del comercio americano, su financiación, la constitución del imperio y temas afines, en muchos aspectos una obra de referencia.Sin embargo, creo que para entender en toda su amplitud el tema de la política imperial, hay que insertarlo en un contexto más amplio y tomar en cuenta aspectos políticos y sociales que el autor, focalizado sobre los temas económicos y la historia de las instituciones encargadas del enlace material entre España e Indias, no trata.Falta en el fondo, a mi juicio, una ponderación exacta de los mecanimos políticos que mantienen unida la Monarquía a pesar de su extensión territorial.Una valo-Cuadernos de Historia Moderna 2007, 32, 207-221 En perspectiva ración adecuada de estos aspectos hubiera sin duda modificado la perspectiva de A.M. Bernal sobre la problemática del nacionalismo español, al poner en el primer plano una ruptura cronológica que queda en su libro algo desdibujada.Nos referimos a la transición de un Estado monárquico, en el que un soberano absoluto dialoga con reinos, al modelo liberal en el que la propia nación asume la soberanía sobre sí misma, constituyéndose de paso como nación y dejando de ser reino en el sentido antiguo de la palabra.El paso no se da, en ninguna parte del mundo, antes de los últimos años del siglo XVIII.Y fue este paso que falló en España, no la construcción anterior.Lo sabemos desde el Mater Dolorosa de Alvarez Junco [2001], cuya tesis general comparto enteramente.Apuntaremos a continuación los datos complementarios que nos parecen imprescindibles.La Monarquía española del Antiguo Régimen fue tan integradora como podía ser, tanto en España como en sus posesiones europeas y americanas, teniendo en cuenta que heredó reinos que se veían a sí mismos como distintos los unos de los otros, por una parte, y de territorios desarticulados por una brutal conquista, de otra.Tal integración no fue fundamentalmente económica, sino socio-política.El rey consiguió que desde cada punto de sus vastos dominios los miembros de los grupos dirigentes locales fueran mirando hacia él para conseguir de él, y de él sólo, plazas, posiciones, títulos, honores, regidurías, contratos, dispensas, exenciones, pensiones y todas clases de mercedes que les consagraban localmente como personas importantes, que les daban medios de acción jurídicos e institucionales de los que no disponían sus competidores, que configuraban y estabilizaban su capacidad de mando local y les daba voz y voto en el funcionamiento de la Monarquía como conjunto.El soberano (con sus agentes, claro está) consiguió establecer, sobre esta base, relaciones personales directas con todos y cada uno de estos "importantes".Esto fue lo que disolvió las instituciones forales, lo que desintegró por dentro los reinos de la Corona de Aragón o Navarra, lo que garantizó la perfecta integración en la monarquía de las provincias vascas, lo mismo que la de los reinos de Murcia, de Castilla, Andalucía o Galicia.El rey consiguió el monopolio del ascenso social.Hizo que cualquiera, a la hora de conquistar une posición superior a la que ocupaba antes tuviera que recurrir a su benevolencia.Pasándo él la factura: fidelidad propia del agraciado y la de su tierra, donativos, dinero, puesta al servicio del Estado de los medios de acción local de los que disponían -en gran parte merced al apoyo que les bridaba el soberano-los "poderosos" para la leva de los impuestos y de los soldados (Andújar [2004], Thompson [1976] [1997]).Estos mismos mecanismos garantizaron la integración de América, como la de los territorios europeos extra-peninsulares de la Monarquía.Con una diferencia: la distancia.Desde dentro de la Península era factible acceder directamente al monarca.Desde las Indias, Madrid quedaba muy lejos.Muy lejos físicamente.Muy lejos socialmente, en cuanto al conocimiento personal que los actores podían tener los unos de los otros.Las peticiones de las élites americanas tenían que venir avaladas por la audiencia, el gobernador, el virrey, el obispo, o sea 2007, 32,[207][208][209][210][211][212][213][214][215][216][217][218][219][220][221] En perspectiva por las autoridades reales locales.Gran parte de la distribución de mercedes quedaba también en manos de éstas, bien por la vía de nombramientos directos, bien por la de nombramientos provisionales a la espera de la confirmación real.De esta forma se fueron constituyendo o reforzando sistemas relacionales locales, centrados sobre las ciudades donde estaban afincadas las instituciones reales: México, Lima, Santa Fé, Nápoles, Milán, Bruselas, luego Santiago de Chile (Enríquez [2006]), Caracas, Charcas o Buenos Aires, y algunas más.El sistema de gobierno de la Monarquía integraba territorios autónomos cuya geografía iba cambiando a medida que se reforzaba el papel del rey dentro del aparato gubernativo.En la península, iban fusionando progresivamente Aragón y Castilla; en Indias iban surgiendo entidades nuevas alrededor de los nuevos centro de intermediación que la monarquía creaba para afirmar su poder; en Europa, se iban homogeneizando los reinos preexistentes alrededor de su capital (Alvarez Ossorio [2002]).El sistema era sumamente eficaz como aglutinante alrededor del monarca, y siguió siéndolo hasta fines del siglo XVIII.Explica el que el rey haya conseguido de Indias -lo mismo que de Italia o Flandes-recursos ingentes para empresas que no interesaban en un principio a los territorios que en definitiva las pagaban, como muy bien pone de relieve el autor en lo referente a América (pp.269-334).Explica que la cementación del imperio indiano fuera obra, en lo económico, de una comunidad mercantil que por todas partes desbordaba las fronteras políticas de la Monarquía, manteniendo a la par el papel de la misma como administradora del sistema de intermediación en el que descansaba.Era un sistema flexible cuando se mira del punto de vista sincrónico.El absolutismo del monarca permitía arbitrar soluciones adaptadas a cada situación concreta, en otros tantos compartimientos estancos que no comunicaban los unos con los otros, políticamente hablando, sino a través de su persona y gobierno; compartimentos en los que se podía de esta forma elaborar soluciones particulares que no afectaban al conjunto, por revolucionarias que fueran en su contenido.Se podía así hacer frente a necesidades locales nuevas y a cambios contextuales hasta de cierta magnitud.Véase el caso de Cuba, curiosamente casi ausente de los análisis de A.M. Bernal, donde en la segunda mitad del siglo XVIII, la amenaza creciente de las potencias europeas llevó la monarquía a consensuar con los dueños de ingenios azucareros un sistema económico y político que desembocó rapidamente en un libre comercio de hecho, abriendo el paso a un auge rápido y espectacular de la producción azucarera y de los ingresos fiscales, mientras el rey instalaba a estos mismos dueños de ingenios, sus aliados, en los puestos de mando de la sociedad y de la política local, negociando con ellos todo lo referente a la isla.El sistema resultó tan provechoso para ambas partes que ni los gobiernos liberales se atrevieron a tocarlo hasta pasada la primera mitad del siglo XIX: Cuba se había convertido en aquella época en el puntal de la maltrecha Hacienda del Estado y mientras no se estabilizó el regímen liberal era inconcebible matar la gallina de los huevos de oro que lo hacía posible (Gonçalves [2004]).
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