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Las novelas góticas, las tragedias de mazmorra y la poesía sepulcral, en las que se reconcentra el gusto dieciochesco de lo funeral y lo macabro, se consideran con frecuencia fenómenos románticos o prerrománticos, que parecen corresponder a un cambio de sensibilidad en el siglo XVIII (Abrams, 1953).Este cambio se explica de distintas maneras: ya como manifestación puramente literaria o filosófica (engendrada en, y transmitida por, los libros; Praz, 1930), ya como consecuencia del desarrollo de la burguesía en las sociedades europeas (Hauser, 1951), ya como fruto de la introducción de nuevos cementerios y sepulcros más individualizados (Aries, 1971(Aries, y 1974)), ya como producto de cierto descenso en las creencias religiosas con su correspondiente ascenso de tendencias libertarias (Gay, 1967); o ya como resultado de las modificaciones de perspectivas y fronteras de las ciencias, que trajeron consigo una revolución psicológica en el Occidente (Foucault, 1966, segunda parte, capítulo 10).Con tales novelas, tragedias y poesías entran de lleno en la literatura del Siglo de las Luces las sombras y los presagios -despreciados por los ilustrados dieciochescos, ridiculizados por los devotos de la Razón en todas las épocas.Irrumpen con ellas también, sin duda, las corrientes socio-psicológicas constantes en la cultura, que se manifiestan asimismo en la literatura carnavalesca, reflejando las preocupaciones y los conflictos de siempre en la sociedad humana lo mismo que los impulsos instintivos.Estas corrientes podrían ser muy bien las que privilegiaban la cara oscura de la imaginación, los monstruos producidos por el sueño de la razón y las obsesiones mórbidas en la novela y la tragedia mencionadas.Son ellas muchas veces las que dan lugar preferente a los temas subversivos, sean sexuales, anti-jerárquicos, anticlericales o simplemente irracionales.La visión histórica a menudo simplifica la interpretación de los fenómenos culturales.A.L.E.U.A./10 N1GEL GLENDINNING Pero, en realidad, ni siquiera los estilos aceptados ni los discursos dominantes son unívocos.La posibilidad de diversas perspectivas sobre un mismo estilo surge muy claramente en el siglo XVIII en el caso del Gótico.El desprecio de este estilo arquitectónico por los arbitros del Gusto, a principios del siglo por ejemplo, corresponde a una visión histórica desfavorable a los godos, que se consideraban progenitores de la barbarie.El gótico era primitivo para estos círculos, y sus edificios llenos de quimeras, harpías, ornamentos grotescos e irracionales, imágenes burdamente esculpidas y amontonadas sin sentido de unidad ni armonía.En la segunda mitad del siglo, en cambio, en una época en que se daba más importancia a la respuesta del espectador y al estímulo de los sentidos por la arquitectura, algunos autores vuelven a elogiar el gótico por la riqueza sensorial de sus edificios 1 .Tales autores se maravillan de la singular delicadeza de los monumentos góticos, alaban su ligereza o ingravidez, y hasta encuentran una elevación majestuosa en sus construcciones, que faltaba en las de la Antigüedad clásica.Gracias al cambio de enfoque, el gótico o neogótico pasaba de los jardines, en donde quedaba arrinconado, al interior de las casas.Al estilo de las grutas y los pabellones rústicos se hace el de las chimeneas, librerías y sillas de los salones.Para algunos, a pesar de todo, el gótico seguía siendo primitivo o más bien lúdico 2 ; pero otros ya lo tomaban en serio, identificándolo con lo Sublime, tratándolo de estilo de carácter religioso, que los arquitectos podrían ofrecer a los más adictos a las tradiciones cristianas, y los estetas relacionar con el espíritu nacional de sus países 3 .
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