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Por ENRIQUE VALDIVIESO Los niños.en las sociedades civilizadas, han sido siempre centro de atención en la vida familiar, y por lo tanto en situaciones normales han recibido siempre los máximos afectos y atenciones.Especialmente en la primera infancia han sido destinatarios del amor doméstico que su ternura suscitaba, convirtiéndose en alegría del hogar y siendo considerados popularmente como los reyes de la casa.Los padres ponían todo su cuidado en proteger su salud.ya que en pasadas época, la vida de los niños era extremadamente frágil y se producía una alta mortalidad infantil.El ámbito artístico ha sido siempre recipiendario de la vida cotidiana, y por lo tanto en él han incidido aspectos derivados de la existencia doméstica.Por ello, el sentimiento de afectividad creado en torno a la presencia infantil pasó a la pintura barroca española, y especialmente a la sevillana, donde las figuras del Niño Dios y de la Virgen Niña tuvieron un gran protagonismo.Por otra parte, el culto a las figuras infantiles de Jesús y María fue propiciado por la iglesia católica después del Concilio de Trento, y especialmente a partir de principios del siglo XVII, coincidiendo intensamente estas devociones con el sentimiento popular sevillano.Según las orientaciones de la iglesia, en las representaciones de la Virgen Niña había que transmitir siempre la premonición de que sería la futura madre de Dios, y que padecería los sufrimientos de su futura pasión y muerte, aspectos que también se aludían al representar al Niño Jesús.ICONOGRAFÍA DEL NIÑO DIOS Comenzando el análisis de las pinturas con la iconografía del Niño Jesús en el barroco sevillano, se advierte que siempre recibe un tratamiento pleno de efusividad sentimental, cuando se le representaba solo o en compañía de sus padres y familiares, captándose espléndidas transposiciones del amor hogareño imperante en la vida de las clases populares.De esa manera, en la pintura sevillana las relaciones paterno-filiales del ámbito doméstico, traspasadas al arte, se convertían en fervientes homenajes al Niño Jesús, reflejándose en estas pinturas un intenso entusiasmo, sin parangón en ninguna otra escuela pictórica española o europea.Independientemente de que para la interpretación del Niño Jesús en el arte sevillano se utilizaron fuentes literarias como los evangelios canónicos y apócrifos, existió también una literatura barroca, de menos trascendencia, y muchas veces no editada, escrita por piadosos frailes y monjas que recrearon pasajes de la infancia de Cristo.Esta literatura 1 llegó lógicamente a los obradores pictóricos sevillanos, motivando numerosos argumentos para describir todo tipo de episodios de la infancia de Jesús, y al mismo tiempo escenas premonitorias de su pasión y muerte.Las primeras pinturas del Niño Jesús en el barroco sevillano aparecen en las portezuelas de los sagrarios de los retablos, siendo el primer ejemplo conocido el que pintó Roelas en la iglesia de la Casa Profesa de los jesuitas de Sevilla en 1604.
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