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Aceptado: 15 de noviembre de 2007 No cabe duda de que el paisaje de los Andes está dominado por cerros y nevados, imponentes protagonistas del paisaje que han influido fuertemente en los modos de pensar andinos.Apus, wamanis, awkillus, mallkus, achachilas, machulas, que así es como las gentes de los Andes se refieren a ellos según regiones, se constituyen en elementos de referencia cultural de primer orden.Desde época prehispánica hasta la actualidad han servido de base a las cosmologías y las mitologías, en torno a ellos se han generado creencias y se han desarrollado prácticas rituales, y a ellos se han ofrecido todo tipo de sacrificios, los más importantes, en vidas humanas.La arqueología, la etnohistoria y la etnografía dan buena cuenta de todo ello, aunque por regla general los trabajos sobre cerros o bien pecan de fijarse en localizaciones muy concretas y/o concentrarse en aspectos muy puntuales del culto a los mismos, o bien terminan por caer en una mixtura vaga e imprecisa de aspectos diversos sin realmente prestar a éstos la atención que se merecen en su contexto.Presentada esta acusación, sin embargo, hemos de confesar que en el presente dossier hemos preferido seguir cayendo en el pecado de lo local antes que sucumbir a la tentación de intentar plantear un estado de la cuestión chambón en torno al culto que a los cerros rindieron y siguen rindiendo las culturas indígenas de los Andes.Pese a ello, nos parece que los seis trabajos aquí reunidos, pese a su especificidad, bien pudieran servir al lector interesado como seis modelos de análisis aplicables a otros casos de estudio.Ahora bien, ¿por qué los cerros?¿Qué tienen de particular los cerros, referencias estáticas en el orden espacial andino, para despertar entre los habitantes de los Andes un interés mantenido a lo largo del tiempo y resistente a los cambios sociocultura-Revista Española de Antropología Americana 2008, vol.38, núm. 1, 105-113 105 ISS : 0556-6533les? La respuesta podría ser tan sencilla como que las montañas siempre se han constituido como uno de los escenarios más proclives tanto para la proyección de historias y mitos como para la práctica de ritos de diverso signo; entornos salvajes, potencialmente peligrosos, que diferentes pueblos, en diferentes puntos del Planeta y en diferentes períodos de la Historia han revestido de cierto halo de misterio y de sacralidad.En el caso que nos ocupa cabe sintetizar que para las gentes de los Andes los cerros fueron y son todavía lugares de origen, puntos de orientación direccional, destino de peregrinaciones, espacios económicos, escenarios para rituales y sacrificios, morada de alteridades más o menos extremas, entornos de aprendizaje ceremonial para los especialistas rituales.En este sentido, en su trabajo acerca de los dioses de los cerros en los Andes -hoy convertido en un clásico a veces injustamente olvidado-, G. Martínez (1983: 86-87) llama la atención sobre la «ambigüedad» que rodea a las ideas y prácticas en torno a los cerros, estableciendo así una clasificación según la cual éstos quedan asociados a (1) la provisión de ganados y riquezas minerales, (2) la fertilización de los sembradíos y (3) la protección de la vida, el bienestar de las gentes y la provisión de prosperidad.De este modo, Martínez resuelve que los cerros, o mejor dicho las entidades tutelares que en ellos se localizan, pueden ser a la vez buenas o malas, y se comportarán con mesura o exceso en correspondencia al trato que reciban de los humanos.De cerros, mitos, ritos y sacrificios trataron prolijamente las fuentes coloniales, destacando en particular su papel como lugares de origen o como puntos sagrados en el paisaje.Lugares de origen de las divinidades, pero también lugares de origen de diferentes pueblos, incluso de humanidades pretéritas, quedando así los cerros ligados a las cuevas, puertas de un mundo subterráneo del que emergen protagonistas de diversa categoría.Cuevas, por ejemplo, como la de Tambo Toco, en el paraje de Pacaritambo, de donde salieron los hermanos Ayar, germen mitohistórico de la dinastía de los Incas, y que en su periplo hasta el Cusco fueron modelando el paisaje a su paso, haciendo prorrumpir a los cerros y abrirse a los valles y las quebradas, pues de los Incas se dice que además de civilizar a los pueblos culturizaron a la naturaleza ordenando sus paisajes (v.gr.Sarmiento de Gamboa 2001 [1572]: 51-61
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