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En la determinación del "estado de lengua" de un texto medieval y en la investigación asociada de sus rasgos lingüísticos existe una limitación de partida que afecta a todo intento de reconstrucción de la historia lingüística y sobre la que el historiador de la lengua no puede hacer mucho.Es ésta: si el fenómeno sujeto a la variación histórica constituye un marcador sociolingüístico, si está condicionado en su covariación por factores estilísticos, entonces habremos de concluir que nuestras posibilidades de reconstruir su historia sólo pueden ser limitadas.Según es bien sabido, los fenómenos conocidos como marcadores están fuertemente condicionados por factores estilísticos como el carácter más o menos formal de la lengua empleada en cada caso.Y puesto que los textos escritos constituyen la vía fundamental de acceso a las reconstrucciones de la historia lingüística de un fenómeno, habrá que reconocer que la formalidad lingüística a ellos asociada , y no digamos en la Edad Media, restringe extraordinariamente, y además, en maneras no claramente conocidas, su aparición.Ello resulta evidente si contrastamos las muy diversas manifestaciones actuales de uno de los fenómenos más notables de la dialectología sintáctica del español actual que es un reconocido marcador sociolingüístico: las confusiones de caso de los pronombres personales átonos de tercera persona conocidas como leísmo, laísmo y loísmo.Mientras que el leísmo personal y masculino no se oculta en los registros más formales de la lengua hablada ni tampoco en la escritura, el resto de las confusiones pronominales ven drásticamente reducida su presencia en idéntico contexto.En cambio, si obtenemos los datos de la lengua hablada en situaciones informales, el sistema referencial castellano (que asocia las tres confusiones) se revela con una regularidad inusitada.1 Si dentro de tres siglos alguien tuviera que escribir la historia del leísmo, el laísmo y el loísmo a partir de los textos escritos hoy en día, la reconstrucción no sería menos confusa ni problemática que la que nos ofrecen los textos medievales.Y en mi impresión, esta diversa valoración de las distintas confusiones pronominales debió de surgir ya en tiempos bastante antiguos.Desde luego, la abierta discusión que al respecto se documenta desde el siglo XVI parece simplemente sacar a la superficie lo que quizá era ya antes objeto de debate y controversia entre distintos castellano-hablantes 2 .* Una primera versión reducida de los § § 1, 2, y 2.2 de este artículo fue leída con el título "Variación dialectal, transmisión textual y el "estado de lengua" de los textos medievales: reflexiones sobre la historia del leísmo, el laísmo y el loísmo" en el Coloquio La aportación de la lingüística a la historia de las ideas: la fijación del estado de lengua de un texto medieval (Cádiz, 27-28 de noviembre de 1998).Debo agradecer a Diego Catalán, Javier Elvira, David Heap, Francisco Rico, Ana Rodríguez y Domingo Ynduráin sus observaciones y comentarios, que me han supuesto una inestimable ayuda. 1 Los estudios sociolingüísticos más completos sobre los empleos leístas, laístas y loístas en la lengua hablada en la Península son obra de Flora Klein-Andreu, Variación actual y evolución histórica.Los clíticos le/s, la/s, lo/s, Lincom Europa, München, 2000, quien considera tanto zonas plenamente confundidoras del caso (Valladolid, Toledo) como distinguidoras (Soria, Logroño) y de transición (sur de Toledo, occidente de Soria).Sus observaciones pueden completarse con la lectura de Inés Fernández-Ordóñez, "Leísmo, laísmo y loísmo", en I. Bosque, V. Demonte (dirs.),Gramática Descriptiva de la Lengua Española, 3 t., Espasa-Calpe, Madrid, 1999, t. 1, cap.21, pp.1317-1397, esp.1386-1390, en que se resumen otras investigaciones de carácter semejante, y la bibliografía allí citada. 2 Para las discusiones de gramáticos ya en el siglo XVI y posteriores, véanse Rufino José Cuervo, "Los casos enclíticos y proclíticos del pronombre de tercera persona en castellano", Romania, 24, 1895, págs.95-113 y 219-263; Benedicta Miranda, "La norma de los clíticos en las gramáticas de los siglos XVI y XVII", Anuario de obviamente, la gramática.Véamos la repercusión que el olvido de estos hechos puede tener en la interpretación de los datos lingüísticos.La conocidísima reconstrucción de Rafael Lapesa sobre el origen de las confusiones pronominales estableció la prioridad del leísmo personal en la gestación de las demás porque en los primeros monumentos de la literatura castellana, el Poema de Mio Cid y las obras de Gonzalo de Berceo, aducidos como testimonios de la lengua de la primera mitad del s.XIII, documentaba casi exclusivamente esa confusión (y no el llamado leísmo de cosa o el laísmo) 7 .Pero esta reconstrucción parte de haber aceptado de antemano que el comportamiento de un testimonio representa fidedignamente la lengua del autor del texto o, si la obra es anónima, del período en que se cree escrita (y no copiada).Hoy sabemos que el manuscrito de Bivar en que se puso por escrito el Poema de Mio Cid, copia de un antígrafo de 1207, data probablemente de mediados del siglo XIV.Es cierto que el amanuense responsable del "traslado" conservó casi siglo y medio más tarde algunas características arcaicas del lenguaje y la grafía 8 , pero entre ellas no debemos incluir la selección puntual de los pronombres átonos porque ese aspecto forma parte del elenco de rasgos lingüísticos que son transformados en el proceso de copia manuscrita 9 .No sabemos con certeza si el uso pronominal del manuscrito del Poema refleja, pues, el del copista del siglo XIV o el del escriba Per Abbat del siglo XIII o una mezcla de ambos, por lo que resulta altamente arriesgado interpretarlo como un fidedigno testimonio del arranque de las confusiones pronominales 10 .Sobre la interpretación del empleo pronominal de Berceo se proyectan igualmente importantes objeciones basadas en el mismo tipo de argumentos.Las obras de Berceo nos han llegado fundamentalmente en un manuscrito del siglo XVIII, I, copiado en Santo Domingo de Silos, que transcribe con gran fidelidad dos códices procedentes de San Millán de la Cogolla: uno perdido de finales del siglo XIII, Q, y otro fragmentario del siglo XIV, F, que sí se ha conservado.Aparte de F (que hoy sólo contiene l os Milagros y las vidas de Santa Oria, San Millán y de Santo Domingo), los únicos testimonios medievales que conservamos son los manuscritos del s.XIII o principios del s.XIV, S (Vida de santo Domingo), de origen silense, y B (Sacrificio de la misa) 11 .Aun admitiendo una actitud de copia respetuosa en los eruditos del siglo XVIII, ¿en qué medida es lícito hablar de la lengua de Gonzalo de Berceo si al constituir el códice I, base de la mayor parte de las ediciones del poeta riojano, se mezclaron alternativamente dos módelos diferentes, Q y F, como parece probado? 12 Y si prescindimos de I, ¿cómo tener ninguna seguridad de las preferencias ed.
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