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Este año 2000 ha sido el de los grandes aniversarios: el quinto centenario del descubrimiento de Brasil por los portugueses, el quinto centenario del nacimiento del Emperador Carlos V y el tercer centenario de la instauración de la dinastía borbónica en España.Por si fuera poco, señala también el cuarto centenario del nacimiento del obispo y virrey Juan de Palafox, un acontecimiento que está siendo recordado con congresos tanto en España como en México.De estos cuatro aniversarios, tan sólo uno, el descubrimiento de Brasil, puede ser descrito con propiedad como primariamente americano; sin embargo, cada uno de los otros tres iba a tener profundas implicaciones al otro lado del Atlántico y no puede ser evaluado satisfactoriamente si no se tiene en cuenta su dimensión americana.Las posesiones en expansión de Castilla en las Indias, que formaban parte de la vasta herencia territorial del joven Carlos de Gante, iban a ser incorporadas a una monarquía global y aportar una contribución cada vez más significativa a la financiación de sus guerras en Europa.Juan de Palafox, escogido para ascensos en el Estado y la Iglesia debido a su inteligencia y a sus inclinaciones reformistas por parte del Conde-Duque de Olivares, iba a ejercer una influencia duradera en el virreinato de Nueva España, donde pasó nueve turbulentos años de la década más crítica de la historia de la monarquía española de la Casa de Austria: 1640.La instauración de los Borbones en 1700 como nueva dinastía reinante tuvo un impacto inmediato sobre las operaciones del sistema de comercio transatlántico y un efecto más paulatino pero decisivo en el imperio español de las Indias, que iban a ser sometidas a ideas y prácticas administrativas de signo reformador, en parte de inspiración francesa.No hay, desde luego, nada nuevo en tales observaciones, pero las expongo a modo de introducción dado que ayudan a subrayar el tema que he elegido para esta conferencia de apertura: la necesidad, desde mi punto de vista, de elaborar una historia verdaderamente "atlántica".El concepto de historia atlántica no es nuevo en sí mismo, pero en tiempos recientes ha habido una creciente toma de conciencia de sus grandes posibilidades, en especial dentro del ámbito historiográfico británico y norteamericano, y también de algunos de los enormes retos que plantea.¿Por qué la historia atlántica se está divulgando con tanta rapidez?.Y, si es que merece la pena, ¿cómo puede ser cultivada con los mejores resultados?.Una de las ironías actuales es que, a medida que el mundo se adentra en un nuevo milenio, el proceso acelerado de globalización se ha visto acompañado por un proceso simultáneo de fragmentación, en tanto que comunidades o grupos particulares afirman con renovado vigor sus derechos a una condición autónoma en virtud del color, credo, etnia, lengua o tradición.1 En mi opinión, la escritura de la historia ha reflejado estas tendencias divergentes.Con el desarrollo de la profesión de historiador durante el último medio siglo y el gran incremento en cantidad y variedad de las investigaciones emprendidas, la mera magnitud de información sobre el pasado que se ha hecho disponible y la diversidad de métodos y perspectivas en su tratamiento ha conducido inexorablemente a una fragmentación masiva del conocimiento
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