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En la primera década del siglo XX, el régimen inaugurado en 1880 comenzaba a evidenciar algunos síntomas profundos de desequilibrio.La economía, aunque con altibajos, no parecía constituir el elemento más preocupante: aún, el papel de la Argentina como «granero del mun do» parecía perpetuarse sin horizontes a la vista.Sin embargo, ciertos problemas políticos de envergadura y el estallido de lo que en la época se denominaba la «cuestión social», se vislumbraban como crecientes factores desestabilizantes.Tal como lo percibía Joaquín V. González, las transformaciones económicas seguían siendo el elemento legitimante fundamental de la elite gobernante heredera de la «generación del 80», pero el tratamiento de la situación política y social, requerían, al menos, reajustes 1 .El régimen político, restrictivo, exclusivista, ya venía siendo cues tionado desde 1890 por algunos sectores segregados de la elite, particu larmente por los Radicales y en alguna medida también por los Mitris tas, pero ahora, las voces de alarma se alzaban no sólo en la oposición sino en el seno mismo de la elite gobernante.El frustrado levantamien to cívico-militar propiciado por los Radicales en 1905 y las sospechas -ciertas o ilusorias-de que la oposición política que ponía el énfasis en la crisis de representatividad, pudiera confluir directa o indirecta mente con las fuerzas que parecían motorizar «la cuestión social», fue ron para muchos la plena evidencia de la crisis en marcha.También, «la cuestión social» había comenzado a manifestarse en la década anterior.Sin embargo, fue a partir de la huelga general de 1902, que hizo su plena irrupción en la escena nacional convirtiéndose desde entonces en
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