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corría una quebrada descubierta, uno de esos arroyos de Medellín otrora cristalinos y hoy convertidos en alcantarillas […] arrastrando en sus pobres aguas la porquería de la porquería humana" Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios La aproximación del rostro es la forma más básica de responsabilidad.[...] el rostro es el Otro que me pide que no lo deje morir solo, como si de hacerlo me hiciera cómplice en su muerte.Emmanuel Lévinas, "Ethics" Yo hago cine con eso que otros dejan de lado.Víctor Gaviria, "Violencia, representación y voluntad realista" DESECHO, NEORREALISMO Y "PORNOMISERIA" En la vigésimo cuarta Bienal de São Paulo (1998), cuyo eje conceptual y núcleo histórico fue la amplia gama semántica del tropo canibalismo, Vik Muniz, del Brasil, presentó varios montajes fotográficos de niños de São Paulo compuestos con basura, proponiendo un contraste entre el canibalismo social del consumo -una reformulación de la metáfora gótica marxista sobre la avidez del capital-y los desperdicios humanos que este consumo produce cuando se imagina sin límites económicos, ecológicos y políticos.El consumismo anuncia para Muniz una catástrofe en las renovadas periferias del sistema global: la catástrofe de la humanidad "desechable," residuo del mercado bajo la intensa lógica y la violencia del capital.Frecuentes noticias de operaciones de "limpieza social" -un eufemismo para el asesinato de niños de la calle o delincuentes juveniles de las favelas, las comunas, los barrios marginales, etc.-acompañaron desde mediados de los años ochenta la intensificación global del capitalismo en América Latina.Entre los discursos cotidianos sobre la marginalidad y la criminalidad urbana emergió con renovadas fuerzas una imagen: la de la ciudad como un lugar contaminado no por los ruidos y la cuerpos residuos o "desechables" de la ciudad-parece ocupar a críticos, novelistas, violentólogos y directores de cine.La aparición de Rodrigo D. No futuro (1989) del director colombiano Víctor Manuel Gaviria (1955-) de cierto modo anticipa en la escena cultural colombiana una serie de novelas, ensayos y libros de crítica sobre la vida de las comunas y zonas marginales de Medellín, la marginalidad residual de las ciudades y sus flujos de violencia.A lo anterior se suma el número de trabajos analíticos producido por especialistas en "violentología", un campo de investigación local, con expertos en el tema (sociólogos, antropólogos y comunicadores sociales) denominados "violentólogos" (ver Suárez, "Bajo el lente de Gaviria" 2000).Dentro de esa extensa producción, vale la pena mencionar el estudio-testimonio No nacimos pa' semilla (compilado por Alonso Salazar, 1990) y tres novelas: La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo, llevada al cine por Barbet Schroeder (La virgen de los sicarios 2000), Rosario Tijeras (1999) de Jorge Franco Ramos y, del propio Víctor Gaviria, El peladito que no duró nada (1991), una adaptación del guión de la película Rodrigo D basada en el relato de Alexander Gallego.Posteriormente, Víctor Gaviria dirigió La vendedora de rosas (1998), el segundo largometraje de lo que el director espera será una trilogía sobre marginalidad y violencia en la ciudad, las generaciones "consumidas por la violencia," la vida de los niños de la calle, la cultura del "traqueteo" 4 y el narcotráfico ("Violencia, representación y voluntad realista").Algunos de los trabajos mencionados han ido, además, tras los cuerpos sufrientes del desecho, ya para traducirlos en las disciplinas explicativas de lo social y cultural (paternalismo epistemológico), ya para proponer una agenda de redención social (normalización), ya para conjurar y exorcizar con imágenes lo que se percibe como un desastre (un ejercicio de redención simbólica).En las películas de Víctor Gaviria encontramos hasta cierto punto gestos en uno u otro sentido; sin embargo, pensamos que el proyecto de narración cinematográfica de Rodrigo D y de La vendedora es otro: por un lado, hacer explícitas y cruzar las fronteras internas de la ciudad entre el ciudadano pleno y el habitante de los espacios urbanos del desecho donde han prosperado las comunas; y, en segundo lugar, promover una mirada-encuentro con el desecho humano borrado de la escena ciudadana, del imaginario de la ciudad y -a menudo-de la vida.Quisiéramos primero situar el cine de Gaviria dentro de la tradición fílmica neorrealista de América Latina y, asimismo, anotar aspectos particulares de su obra que lo distinguen de esta tradición; y luego, hacer una lectura de sus películas recientes en contrapunto con ejemplos específicos de la producción cultural colombiana sobre la violencia.En Gaviria existe una gran deuda formal con los documentales de los años cincuenta, así como con el neorrealismo italiano y la manera como éste fuera reformulado en México por Luis Buñuel, principalmente en Los olvidados (1950), así como con el Nuevo Cine Latinoamericano.La herencia de Buñuel se hace palpable en algunos de los procedimientos
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