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Complexity, space, time and interpretation.(Notes for an hermeneutics of the territory)Nelson Vergara* INTRODUCCIÓN Las notas que presentamos no constituyen propiamente un trabajo interpretativo, hermenéutico, sino un conjunto de reflexiones sobre cuestiones que nos parecen relevantes a la hora de desarrollar una hermenéutica en sentido estricto.Esas cuestiones, espacio, tiempo e interpretación, son parte de un sistema complejo que debe revelar la imposibilidad de mantener una reflexión sobre realidades en el sentido moderno del término y que deben ser leídas, por tanto, en las direcciones que hoy día abre la noción y concepto de complejidad.En lo esencial, postulamos una aproximación a la comprensión de lo que llamamos territorio.Al respecto, queremos cruzar tres coordenadas que refieren hoy día a problemas cruciales, tanto para efectos de intelección de las realidades territoriales como para, eventualmente, asumir responsabilidades de convivencia que se derivan de ese conocimiento y que --a la hora de comprometernos con nuestros entornos--creemos que son epistemológica, metafísica y políticamente relevantes.La primera es una coordenada relativa al espacio y al tiempo.Muchos pensadores consideran que vivimos la era del espacio, así como el siglo XIX vivió la del tiempo.Y no es que las preocupaciones por el espacio hayan dejado a las espaldas nuestras preocupaciones por el tiempo.Más bien se refieren a que el tiempo mismo se presenta, propiamente, como una dimensión del espacio, de modo que ahora ya no es posible referirse a aquél con independencia de éste (M.Foucault, 1999).El espacio ha sido siempre algo muy relevante, aunque hoy día lo sea a un nivel superlativo.Sin embargo, una muy significativa corriente de opinión destaca, también, que nuestra época es 1 Este trabajo es producto del Proyecto de Investigación N° 002007, "Cartografía de prácticas cotidianas urbanas: apropiación cultural de espacios públicos de la ciudad de Osorno", financiado por la Dirección de Investigación de la Universidad de Los Lagos para los años 2007-2008.la era del tiempo, de la temporalidad, aunque no de la temporalidad, así sin más, sino de aquélla que nos sitúa en la historia y que conocemos con el nombre de historicidad.Según esta opinión, que parece oponerse a la Foucault, no hay asunto humano que pueda ser entendido fuera del tiempo.Más aún, que, en cierto modo, el ser es tiempo (C.Castoriadis, 2002Castoriadis, -2005) ) lo que nos permite conjeturar que acaso también el espacio, en cuanto forma de ser de lo real, es tiempo.Lo que no quiere decir que el espacio sea el tiempo, o que el espacio se reduzca a tiempo.Ni la identidad ni la reducción parecen caminos adecuados de intelección, según nos lo presenta hoy día E. Morin (2003).Una segunda coordenada es la de la interpretación, sobre todo aquella que afirma su necesidad, precisamente, en épocas como la nuestra en que grandes cambios van posesionándose de la vida sociocultural, dándole al mundo esa fisonomía que nos hemos acostumbrado a relacionar con las crisis históricas.Hay algo en estas crisis que pone en juego el o los sentidos de las cosas y no resisten sólo explicaciones.Requieren, también, comprender las direcciones de los cambios y sus efectos mediatos e inmediatos, así como evaluar la consistencia y el estado de las aspiraciones y sueños personales y colectivos.A este encuentro acude, nos parece, la hermenéutica (H.G. Gadamer, 1993) como esclarecimiento o restauración de sentidos (P.Ricoeur, 2002; G. Vattimo, 1996) en momentos cuando la verdad parece ocultarse tras un velo de evidencias pragmáticas que privilegian la utilidad y la inmediatez.La tercera coordenada es aquella que, cada vez más, se ha venido apropiando de nuestros modos de abordar lo real en cualesquiera de sus manifestaciones.Se trata de esa condición que se ha instalado con el nombre de complejidad y que, al parecer, atraviesa todo lo real, sea efectivo o imaginario, conceptual o virtual.Según esto, y si obviamos por lo pronto la aparente banalidad de la expresión "nada es simple" entonces debemos asumir la responsabilidad de justificarla.Más aún, la complejidad de lo real debe revelar que lo complejo efectivo exija la consideración de las complejidades teóricas e imaginarias y viceversa, en una inter-retroactividad que E. Morin (2003) y otros (K.Popper, 1992; F. Varela, 2000) van a defender ad limite y contra toda evidencia en contrario.Sobre todo en contrario de esas evidencias que, desde Descartes y en toda la época Moderna, se atribuyeron a la sana razón o al buen sentido y que, luego, fue trasladado acrítica y arbitrariamente a la racionalidad científica.Así, el positivismo.Entonces, "nada es simple", es cierto, aunque en rigor no sea plenamente verdadero.Y esta convicción ha venido marcando los derroteros de nuestro tiempo, en una confrontación con la modernidad que, para muchos, no ha concluido (J.Habermas, 2004; M. Augé, 1996).Quede dicho con toda su ambigüedad que es, desde ya, decidora y significativa.Pero, veámoslo en los contextos que hemos señalado.I. En primer lugar, conectamos --como se hace habitualmente--el territorio con su base más evidente: el espacio.Según esto, el territorio es una de las formas como este espacio se nos da, si bien de un modo determinado.Otras formas son, por ejemplo, el lugar, el paisaje, el sitio, el no lugar, etc. En lo fundamental, como espacio, el territorio es un entorno.Pero, no un entorno abstracto, aparte e independiente, sino siempre un entorno de alguien, una colectividad, o una persona en cuanto pertenece a una colectividad.Entonces el territorio es un espacio de la vida plural, colectiva, social o cultural, y no un mero marco físico en que se localizan las cosas.Es decir, no un espacio ahí, simplemente, aparte, objetivo y suelto, por sí, sino un espacio vivido.Por tanto, al decir que el territorio es un espacio de la vida plural, se dice que no posee autonomía de quienes se encuentran en él, en tanto que su estar allí, es un hallarse siendo ahí, un encontrarse siendo constructores del ahí, mancomunados con él según condiciones que el propio espacio exige, sugiere o suscita.Esto es, habitándolo.En este sentido se ha dicho que el espacio es una construcción social, cualquiera que sea la figura que adopte.Y el territorio es una de esas formas.Pero, el territorio es, a la vez, un espacio vivido.En esta dimensión, el espacio territorial es parte de lo Otro, sin lo cual alguien concebido como Mismo, no lo sería.Y más aún, lo Otro tampoco sería Otro: de aquí que Mismo y Otro sean categorías que siempre se espacializan indicando distancias, por ejemplo, un cerca o un lejos, o un lejísimo que marca la máxima otredad territorial posible.Quizás por esto se ha afirmado que el territorio es esencialmente espacio apropiado (Giménez, 2004) hecho propio, y significado como pertenencia: lo Mío y lo de los Demás, desde Mí o desde los Otros, reconocidos por mí, o por nosotros --entre quienes pueden colindar los territorios--hasta el extraño, el extranjero que viene de muy lejos, y a quien no reconozco porque nada sé de él, es decir aquéllos que provienen de otro territorio, que como hemos indicado representa mi máxima alteración u otredad espacial.El territorio es, entonces, siempre mi espacio o el espacio de los otros, semejantes o distintos de mí o de nosotros, en quienes puedo reconocerme como lo que esencialmente soy, así como los otros se reconocen en el suyo.Pero sabemos, también, que el asunto es más complejo, porque el Nosotros nunca alude a la totalidad de lo que nos rodea y que ese "nosotros" suele ocultar oposiciones y, a veces, muy hondas entre los que supuestamente estamos en lo Mismo.También es plural la vida en este sentido y esa pluralidad suele cobrar formas confrontacionales de grandes alcances.De este modo, el espacio-territorio es vivido como plural en un sentido efectivo y no abstracto o imaginario.Por esto, también, el espacio territorial es vivido como plural en un sentido simbólico: significa distintos momentos y circunstancias de la vida y
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