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DESDE la filosofía clásica, el estudio del cuerpo ha ido acompañado por una valoración casi gimnástica de sus atribuciones.Siempre a la sombra del espíritu o como reverso de aquello que indica el pensamiento, el cuerpo es la materia que compone el otro lado del alma.Sin embargo, más allá de esta dependencia casi sagrada, hay un saber del cuerpo que pugna por salirse de su pura organicidad.Quizá haya sido Spinoza a partir de su filosofía vitalista uno de los primeros en reconocer nuestra ignorancia en relación a la potencia de los cuerpos.Por eso nos advierte en su Ética acerca de la necesidad de un estudio puramente corpóreo que registre las funciones de las que éste es capaz: "Nadie hasta ahora ha determinado lo que puede un cuerpo" y en ese no saber radica el vano intento de controlar, dominar o reprimir las pasiones (Ética, parte III, proposición II, escolio).Pero si asumimos que la relación cuerpo-alma es equivalente en su potencialidad, las mismas acciones o pasiones que afectan al espíritu replicarán en el cuerpo y de esta interacción nos llegará un efecto, el encuentro con otro cuerpo o idea que nos hará recoger "lo que sucede", es decir, la experiencia.Gilles Deleuze -siguiendo las enseñanzas de Spinoza para quien el cuerpo no se define por los órganos que lo componen ni por las funciones que estos realizan sino por su capacidad de afectar y dejarse afectar por otros cuerpos -, lleva más allá esta conciencia corporal adjudicándole a lo fisiológico un saber que, separado de las virtudes del alma, cuestiona de manera contundente, los postulados de la ética.A cerca de este tema, afirma:Lo bueno tiene lugar cuando un cuerpo compone directamente su relación con la nuestra y aumenta nuestra potencia con parte de la suya, o con toda entera.Por ejemplo, un alimento.Lo malo tiene lugar, para nosotros, cuando un cuerpo descompone la relación con el nuestro, aunque se componga 97 097-115 González, C.:Maqueta def.Nueva 09/11/15 9:56 Página 97 luego con nuestras partes conforme a relaciones distintas a las que corresponden a nuestra esencia, como actúa un veneno que descompone la sangre.( 33)Desde esta perspectiva, la capacidad de juzgar sobre el bien o el mal parte de una sabiduría que se adquiere a través del contacto.El conocimiento se define, entonces, en el orden de la colisión corporal entre dos seres que se modifican en una relación que aumenta su potencia o pierde su propia cohesión en un intercambio que los destruye.Esta unión física que Spinoza proclama como modelo empírico contempla la incidencia de la materia sobre la conciencia y permite pensar en otros modos del saber.En este ensayo me interesa plantear el problema del cuerpo separándolo de su apropiación biológica, olvidando la impronta científica que lo estudia como contenedor de la vida y dejando de lado la irrupción tecnológica que lo toma como modelo para expandir y prolongar sus atribuciones.En su lugar, propongo un acercamiento material y discursivo que descubre los saberes del cuerpo como formas de conocimiento que tienen que ver con estas dos cualidades: el poder y el lenguaje.Por un lado, los cuerpos se desarrollan a través de sus potencias y se expresan mediante la voluntad de poder, aquello que Nietzsche describió como la voluntad de vivir la vida hasta sus máximos extremos.Por otro lado, los cuerpos se definen también por una investidura discursiva que los precede, acompaña y determina desde su nacimiento, una construcción lingüística que afecta no solo la definición del sujeto sino también los usos y las relaciones que éste entabla con su forma corporal y con la de los otros.En esta sintonía, el saber sobre sí mismo es más bien un encuentro externo, una exposición de los efectos que el contacto con el otro produce y ejecuta en un cuerpo determinado desarrollando así su potencialidad.Sin embargo, esa forma externa aparece muchas veces camuflada dentro de lo mismo, asume el disfraz de lo idéntico y se enmascara bajo los signos de lo conocido negándose a la colisión o a la comunión "entre dos".¿Qué sucede cuando ese encuentro se manifiesta como un choque dentro del mismo cuerpo que lo ha propiciado?¿Cómo reaccionar ante una conexión que es engendrada desde el interior del organismo?¿Cómo expulsar del cuerpo aquello que produjo una potencia?Y más intensamente, ¿cómo seguir viviendo después de la conmoción?Estos interrogantes subyacen bajo la odisea temeraria de El huésped (2003), la primera novela de Guadalupe Nettel.Abrumada por los cambios corporales de una niña en proceso de crecimiento, Ana descubre desde temprana edad su inadecuación natural para integrarse al mundo adulto.Pero esta incapacidad no es producto de ese periodo en el que la adolescencia experimenta el despertar sexual del cuerpo sino que viene inscripta en la lucha territorial contra un monstruo interior.El cuerpo de Ana es un cuerpo amenazado por la presencia de La Cosa, esa parte otra que se instala en su organismo en forma de parásito o larva, a la manera de los ácaros "animales fabulosos que habitan en los pájaros pero también en nuestra piel [. ..] insectos microscópicos que se comen nuestra grasa y, más tarde devorarán nuestros restos" (27) o de ese doble aterrador que puebla la imagen mediática con monstruos alienígenas: "Siempre me gustaron las historias de desdoblamientos, esas donde a una persona le surge un alien del estómago o le crece un hermano siamés a sus espaldas" (13).
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