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El análisis conversacional ha conocido un notable desarrollo en los últimos años.En este tiempo numerosos investigadores han dado cuenta de los aspectos más variados de las interacciones, como su organización estructural, su tipología, etc. Ahora bien, casi siempre estos trabajos han tomado como punto de partida un análisis del que se desprende la bús queda por parte de los interlocutores de una especie de armonía interaccional que busca el acuerdo y la conciliación y rehuye el conflicto por encima de todo.Este rasgo ha guiado también la labor de buena parte de las investiga ciones recientes sobre la cortesía verbal.Desde los estudios sobre este prin cipio a cargo de Brown y Levinson (1978Levinson ( , 1987)), las propuestas teóricas en torno a la cortesía se han multiplicado, dando lugar a modelos e inter pretaciones a veces notablemente diferentes (cf.Leech 1983, Fraser y Nolan 1981, Fraser 1990, Watts 1992, Meier 1995, Jary 1998, etc.).A lo largo de una serie ya larga de estudios (vid.Dufont et al. 1994), el fenómeno de la cortesía se ha venido asociando a factores diversos, como la imagen ^facé) de los participantes, el tacto, la deferencia, la formalidad, el carác ter indirecto de los mensajes, el uso de ciertas rutinas conversacionales, etc. Ahora bien, sea cual sea la perspectiva del análisis que se adopte, lo cier to es que el interés mayoritario se ha centrado en el polo positivo de la cor tesía, esto es, en las estrategias que adoptan los interlocutores para buscar la armonía.Sin embargo, esta actitud supone en la práctica desconocer que, en no pocas ocasiones, el desacuerdo se impone sobre la conciliación y que a veces, incluso, los hablantes actúan deliberadamente buscando ese con flicto.En este contexto, y en la misma línea argumenta] que algunos trabajos publicados recientemente (Lakoff 1989, Culpeper 1996, Kienpointner 1997, Fernández 2000), el presente estudio parte de la idea de que es posi-ORAIJA.Vol. 4, 2001, págs.9-45.En los últimos años, algunos autores, en especial Culpeper (1996), han propuesto modelos para el análisis de este principio interaccional, opues to a la cortesía, si bien en la mayoría de los casos no se ha pasado de la mera exposición de principios y, como mucho, de su ejemplificación asistemá tica en algunos eventos comunicativos.Tras argumentar sobre nuestra interpretación de la descortesía en unas coordenadas comunicativas par ticulares como las que representa el debate cara a cara ( § 3), en una sec ción posterior analizaremos las principales estrategias del comportamiento verbal descortés que guían la actuación de los participantes ( § 5).Con todo, este análisis cualitativo se completa con un estudio variacionista, ya que, a nuestro juicio, es el paradigma que mejor permite explicar algunos fenómenos de variabilidad interesantes que se advierten en el corpus.Así, comprobaremos la manera en que algunas estrategias covarían con aspec tos relevantes de la interacción, como: a) los protagonistas del debate, a tra vés del análisis de sus respectivos estilos discursivos así como de los pape les institucionales que desempeñan; b) la historia conversacional, creada en el transcurso de los dos debates; y c) la organización estructural de éstos, en especial, la distinción entre partes centrales y periféricas.Antes de abordar con detalle estos temas, expondremos las princi pales características estructurales del debate cara a cara y sus relaciones con la agresividad verbal ( § 2).Más adelante detallaremos los aspectos metodológicos más relevantes de la investigación, sobre todo los rela cionados con las coordenadas contextúales que rodearon a los dos deba tes entre Felipe González y José María Aznar en las elecciones generales de 1993 ( § 4).2 La agresividad verbal en el discurso político El estudio de la agresividad verbal debe ubicarse en el seno de la llamada retórica interpersonal (Leech 1983), concepto que da cuenta de los movi mientos que efectúan los participantes para interactuar en el desarrollo de la comunicación.Generalmente se acepta que los hablantes «negocian» por y para el acuerdo, sin advertir que en algunas ocasiones ello no es así.En estos casos lo que prima -y a menudo, lo que buscan los propios interlo cutores-, es el desacuerdo, la crítica y hasta el ataque personal.El escaso interés de la lingüística por el estudio de estas situaciones ha sido adver tido recientemente por diversos autores (Gregersen 1994, Chabrol 1995, Zupnik 1999, etc.), quienes han llamado la atención sobre el hecho de que en ciertos tipos de discurso -y aun en algunos idiolectos (vid.Infante y Wigley 1986)-, la búsqueda del conflicto y la agresividad verbal representa uno de sus principales rasgos constitutivos-Asimismo, Deborah Tannen (1994) ha destacado un incremento vertiginoso de la «cultura de la críti ca» en la sociedad actual, en particular en el discurso público de ciertos pro tagonistas como periodistas, académicos, tertulianos, políticos, etc. En estos «discursos» se ha instalado la idea de que la agresión y el ataque per sonal, bajo la forma de espectáculo mediático, es preferible al intercambio de argumentos para intentar convencer a los demás.El debate político cara a cara puede considerarse plenamente como uno de estos géneros en los que predomina la agresión entre los partici pantes (Vion 1992).Lakoff y Johnson (1995, 119) recuerdan que en esta clase de discursos los interlocutores tienen a menudo: «... una sensación de estar en orden de batalla.Uno se da cuenta de que tiene una opinión que es importante y que el otro no la acepta.Al menos un participante quie re que el otro abandone su opinión, y ello crea una situación en la que hay algo que ganar o perder.Uno siente que está envuelto en una discusión cuando descubre su propia posición bajo ataque o cuando siente la nece sidad do atacar la posición de la otra persona.Se convierte en una discu sión de verdad cuando las dos personas dedican la mayor parte de su ener gía conversacional a tratar de negar la posición de la otra persona mientras se mantiene la propia.».Entre nosotros, Fernández (2000: 112), ha visto perfectamente cómo el deseo de vencer al adversario puede conducirle a la necesidad de «hundirlo», si es preciso, ya que en la derrota de éste, y no tanto en la propia capacidad para el razonamiento y la persuasión, reside en buena medida la victoria en la cultura actual.Ello explica por qué a menudo los interlocutores acuden simplemente al contraataque, y no a la defensa argumentada de sus propias posiciones, cuando son objeto de crí ticas (cf.Harris et al. 1986; Trognon yj.Larrue 1994).De todo ello hay numerosos ejemplos en los dos debates cara a cara estudiados en la presente
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