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La fotografía es un fragmento de espacio y tiempo que concentra, en un solo instante, referencias al pasado. Es testigo, y también evidencia, al materializarse en un soporte analógico (placa de vidrio, nitrato, papel, …) o digital. Es la evidencia del “esto-ha sido”, como defendía Barthes (2018, 29). Sin embargo, esta capacidad que se encuentra en su naturaleza (la de ser testigo y memoria) no convierte a la fotografía en una fuente de conocimiento para el estudio de la Historia Contemporánea. Lo que lo hace es el método que se aplica para su interpretación. Nosotros defendemos que debe tratarse como una pieza arqueológica que se localiza, se desentierra, se limpia de los posibles restos y se relaciona con otras para poder reconstruir un suceso o un acontecimiento. Es decir, superar el reconocimiento de motivos en una fotografía (lo que lleva a un análisis descriptivo) y profundizar en la interpretación de lo que allí se presenta o (re)presenta, teniendo en cuenta lo que se muestra, lo que está silente y el contexto de producción y transferencia. Y este es el objetivo del artículo: presentar un decálogo sobre cómo convertir una fotografía en una fuente de conocimiento histórico.
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