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Durante la última década, Joseph Stiglitz ha adquirido una considerable reputación de radical. Comenzó cuando, luego de ser contratado como economista en jefe del Banco Mundial (BM), lanzó el Consenso Post- Washington, y fue reforzada por su posterior “renuncia” al puesto en el año 2000, la cual fue seguida por sus extensas críticas al Fondo Monetario Internacional (FMI), especialmente expuestas en su exitoso libro, El malestar en la globalización1. Un examen más cuidadoso de la trayectoria de Stiglitz revela un número de verdades, no tanto acerca de sí mismo, como de las políticas e ideología del BM, la influencia del gobierno de Estados Unidos de América (EUA) sobre el Banco (revelada de manera más aguda en la reciente designación de Wolfowitz como presidente del mismo) y la ciencia lúgubre de la economía del Banco –de la cual Stiglitz se ha apartado sólo marginalmente. En rigor, el Banco ha respondido a su crisis de legitimidad a principios de los noventa atenuando los argumentos neoliberales en teoría mientras seguía apoyando al capital privado en la práctica. Ideológicamente, esto ha estado marcado por una serie de virajes en el lenguaje del BM, que incluyeron la incorporación de términos que van desde la “buena gobernanza” al “alivio de la pobreza” y, especialmente, su pretensión más reciente de ser antes que nada un “banco de conocimiento”. Cabe señalar que estos elementos son enteramente consistentes con el trabajo académico de Stiglitz y de hecho fueron fuertemente refrendados por él durante su gestión en el Banco. Sólo después de haber sido forzado a irse se vio obligado a aceptar, aunque de manera parcial, inconsciente e implícita, que el mundo –incluyendo el Banco– debía ser entendido de formas diferentes a las de la tradición académica que él mismo ha procurado promover.
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