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Todos los libros de Borges, como su palabra, son una rara mezcla de unidad y pluralismo, de felices e insospechadas variaciones ejecutadas sobre unos pocos argumentos, que segun alguna vez afirmo, lo hostigaron a lo largo de su vida. Fatales y falaces monotonias que solo un gran poeta puede travestir en las infinitas posibilidades del arte. El ejercicio de la literatura no solo le revelo los limites, sino que tambien lo abrio a los otros y a la otredad, a lo extrano, lo diverso, lo lejano en el tiempo y en el espacio, a descreer de todo absolutismo y a sonar (porque la literatura es un sueno dirigido) con el imposible absoluto. La ceguera (otro limite) fue para el, sin embargo, un secreto y expansivo umbral hacia otras dimensiones, que le hizo ver mas y mejor lo que, paradojicamente, el don de la vista impide ver al comun de los videntes. Ella, como la lectura, le enseno que es vano creer en que se pueda “alcanzar o poseer” algo, pues certeza, completud, totalidad, absoluto, finitud, son meras utopias de las limitadas potencialidades humanas. Y la lectura, que siempre implica una colaboracion y una complicidad, la traduccion, que tambien comporta una extraneza y una fecundacion, fueron al mismo tiempo el puente y el abismo tendido hacia lo plural y lo diverso. Con ellas, por y a traves de ellas, supo vislumbrar, incursionar y gozar con las maravillas y los arcanos de multiples culturas, lenguas, tradiciones, seres y expresiones a las que supo poner en dialogo y de las que supo descubrir sus intimas afinidades y sus insalvables divergencias. Jorge Luis Borges, comparatista avant la lettre y sin el nunca proponerselo, es el mas universal y al mismo tiempo mas particularmente argentino de nuestros escritores. Su nombre se ha convertido en un adjetivo que nos define hoy por hoy a los argentinos. Ser argentino es ser singularmente borgeano. Es experimentar la infinita fascinacion de las orillas que (de)marcan y (re)marcan los ilusorios limites del inconmensurable desierto sin ayeres de la pampa y un “mar de cinco lunas de anchura”. Es ser al mismo tiempo autobiografico y plural, intimo y publico, autoctono y extranjero y por sobre todo, pudorosa, agonicamente apasionado por encontrar la propia y esencial “vereda de enfrente”.
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